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Sonámbulo artista

El arte me ha acunado,
tarareando nanas en mi oído,
deja drenar lo que sobra y colorea cromático el vacío.

En última instancia llueve sobre el caballete y se mojan los lienzos,
rugen los truenos sobre el techo y en mis dedos,
me marea el olor a madera mojada.

Trazo líneas desesperadas,
escribo palabras en llamas y me desplomo en la cama...
exhausta, de liberar cargas pesadas
le tarareo al arte sus nanas para que resista y no se vaya.

En el conocimiento de que me acompaña,
he logrado atravesar las aguas oscuras de la desesperanza,
en el viaje la transformo en luces o aveces en llamas de luz blanca,
limpio las penas de sus crustáceos naranja
y me las llevo en frascos para guardarlas en casa.

Saco los recuerdos de sus cajones y de debajo de los resquebrajados sillones,
les pongo óleo en forma de caras
y los preparo a la batalla
en su tablero desdibujado les enseño las reglas
lanzo el dado,
se van peleando por ser usados y gritan versos desordenados,
otros descansan y arman equipos para alentar a los más osados.

El arte se ha enojado conmigo,
no siempre llega al necesitarlo,
tiene recelo por olvidarle cuando las notas son bien de gracia.

Cuando las aves no están dormidas y desde el suelo crece la grama,
acudo a otros bienes mundanos,
huelo las flores y sorbo agua.

Arte se escapa en la sequía y me deja seca sin sus baladas,
me mira de lejos en la rutina y miro a otra parte avergonzada.
Pero en las noches, le abro la puerta y en mi regazo él me acompaña,
me cuenta historias mientras reposo,
en ocasiones toco su arpa.

Nunca hago percusión en suelo tibio,
siempre me habla con la misma tonada
o me pide mi distimia para jugar a las damas.
Me llama historia, por ser narrada.

Porque espero.

Sentirse roto es posible en mi idioma. Otras cosas son posibles en otros, como no tener una palabra para el querer, usar varias palabras para el color blanco o solo una parael azul y el verde.
Rota y esperando, con una sola palabra que me hace perderme en el tiempo. Sin desear esperar y sin saber qué es lo que se espera.
Queriendo estar sola y no estarlo nunca más.
Confundiéndolo todo, fundiéndome en algo.

Nuevos vecinos

Me llegaron llegaron nuevos vecinos, era época de exámenes en la facultad así que estuve demasiado ocupada durante mes y medio luego fue Navidad y durante esas fechas las personas desaparecieron. 
A mediados de enero, con los nervios de punta por empezar de nuevo mis clases caminaba por mi vecindario de regreso a casa luego de comprar algo para mi madre en la tienda, al pasar justo por la casa de al lado, llegó a mis oídos una voz tan extraña que tuve que girarme enseguida. La voz era masculina, por lo que era grabe, pero era tan melodiosa, al mismo tiempo no tenía ningún matiz de un acento que yo conociese, lo cual fue más intrigante aún porque he escuchado muchas voces antes, era casi como si realmente las voces humanas estuvieran todas dañadas y descubriese que así era como debían sonar. Pero, estuve tan impresionada que, por un segundo, se me sacudieron las ocupaciones y tuve que girarme a esa casa al menos un segundo. Lo que vi dentro fue para mí demasiado. 
Todo estaba a oscuras, y la única luz aparente venía de adentro, esperé poder ver al dueño de esa voz y mi deseo no tardó mucho en cumplirse. Una figura alta y fornida se sentó en el elegante sillón de su sala, esperé a que mi vista se acoplara a la luz y lo que vi me dio un vuelco a la razón: Tenía una cubierta de piel de tigre sin embargo más allá de ser real se veía como terciopelo, otra figura se acercó y noté una voz femenina que carecía de la anterior perfección, más que aguda era cálida pero un rumor de acento japonés rodeó lapronunciación. Hablaban de algo serio en tono calmado y sin una pizca de enojo o preocupación, sin embargo, no entendí absolutamente nada. Cuando la propietaria de la segunda voz se hizo visible se veía absolutamente igual, el mismo tono naranjoso, las mismas rayas oscuras del torso, el mismo terciopelo y la misma vecina boquiabierta junto al cercado. Cuando mi cerebro comenzó a trabajar solo me gritó una cosa: "pueden verte, tarada". Despertó a mis piernas y juntos echamos a correr. 

Me convencí de que los nervios me jugaron una broma ese día, de que en la privacidad de nuestros hogares todos tenemos derecho a ser tan subreales como queramos, de que tengo cosas mas importantes en que pensar, libros que leer, mentes que estudiar. Olvídalo ya, me dije.
Los días pasaron y se convirtieron en meses, todo iba tan bien como podría ir hasta que un día metí la pata. Era de noche, dos pequeños hacían desastres en casa y mi madre, tan cansada de intentar encontrar paz, enfocó todos sus sentidos en la telenovela. Yo tenía mi propio problema, alguien había dañado la jaula de los canarios. La pequeña familia también era todo un desastre y los pequeños polluelos se habían echado toda la caja de semillas encima, literalmente, lo que no consideraron fue una forma de salir de ella. Y allí estaba yo entre quejidos, tropiezos infantiles y unas aves nerviosas. Cuando creí terminar me encontré con que el padre canario había logrado la forma de salirse sin que pudiera notarlo y a poco de tomar vuelo me abalancé sobre el, cabe decir que obviamente el ave ganó, voló por la ventana y se perdió en el cielo nocturno. Cabe decir también, que era el de mi hermano. Hubieron lágrimas, negación, ira y finalmente resignación, Hermano menor y hermana mayor de pie en el patio buscando a un canario en un cielo sin estrellas.
No encontramos al canario.
Encontramos un dragón.
Vale, era un dragón de felpa, pero muy arriba en el cielo a los ojos de un niño de 7 años solo podía ser una cosa. 
-¡Un fantasma! -Gritó el niño.
-No es un fantasma -sentenció la hermana. 
Lo sé, no hay necesidad de decirlo en tercera persona. El objeto cayó, y cayó unos segundos más y observamos, hasta que a nuestros pies llegó el dragón rojo en ese momento nos percatamos de gritos de juegos infantiles, quizás siempre estuvieron ahí pero los de casa fueron suficiente. "Lo lanzaré de vuelta" había dicho mi hermano, pero lo detuve en seco. No era de los hijos de los vecinos de la derecha, el sonido y el juguete venían del otro lado, de los nuevos vecinos. 
La adrenalina le ganó al miedo cuando hubieron dos tocs en mi puerta, prácticamente corrí con el dragón fugitivo en las manos.
Cuando llegué había una puerta abierta, mi abuela con la mano en la perilla, y dos tigres humanos que le doblaban tamaño en el jardín. El más alto medía al menos 2.20 m y a su lado su esposa unos 1.80 m. Salí por la puerta y extendí mi brazo con el dragón fugitivo a la pata terciopelada. 
-Cayó en nuestro patio.
La voz irreal, habló.
-Ya empezaban a armar escándalo por esto. 
Dijo de forma totalmente neutra rascándose la nuca. No dijo gracias.
-Que tengan buenas noches -Dijo la abuela.
-No veo por qué habría de ser así.
No se despidieron.

Al día siguiente algo pasó. 
-¿Más platos para romper? 
Esa voz, era la voz de acento japonés, me quedé frente a la pequeña mujer sin dar crédito. Su piel era más blanca que la mía, era delgada y una trenza castaño oscuro le caía por el hombro. Sostenía una bolsa de papel con platos de cerámica de un estampado coqueto. Más allá de eso solo me preguntaba dos cosas relacionadas con tigre y platos. 
Estaba pasando frente a su casa cuando la encontré. 
-¿Qué?
-Platos, platos.
-Eh... Son muy bonitos. 
Desde la acera miré al jardín deseando que mi abuela, regando sus flores viniera a salvarme del incomodo momento. Pero eso no sucedió.


Ocultos.


El amor está prohibido.
Estamos destinados a querernos en silencio, a tocarnos entre las sombras y a ser solo un rumor aburrido y raro. A ser conversaciones con muchos corazones y mensajes de texto a mitad de la noche. A ser tecnología barata.
Amiga me llama su familia, idiota lo llama la mía.
Aquí en un principio nada estuvo bien y todo estuvo genial. Y mi corazón no era el que debía estumularse y de pronto lo hizo, y entonces me perdí.
Te observo entre la gente y me miras, y me matas y me traes a la vida.
Te siento, te siento tanto que ya no sé si tengo dieciséis, doce, o veinte o cien millones de años.
Hemos sido infinitos y banales, románticos y pervertidos, hemos sido tanto y tan poco y todo tan extraño que me llena y estoy a punto de explotar siempre.
Y cada vez que algo sale mal, y cuando damos un paso al frente y un paso atrás y cuando somos amantes, cuando somos desconocidos. Cuando somos. Alguien sabe, cuando alguien sabe, cuando somos y alguien sabe, alguien sospecha, alguien escucha, alguien ignora. Alguien. Importa mucho, no me importa, nos importa, arde Troya o lo que sea.
Él no vino a descontrolar mi vida, yo quise descontrolarme y ahora estoy tan bien como nunca he estado y a la vez de la misma forma que siempre...
Ahora nada me importa y todo me importa tanto... Tanto, tanto... Que le decimos amor, y no es así.
Pero lo es.



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