Invasión.
Mis pies están tan frÃos que comienzo a dejar de sentirlos, tengo la nariz helada y me duelen las mejillas entumecidas. Aún observo la trampilla en lo que serÃa el techo del sótano, no he movido medio músculo desde que se fue, solo he podido parpadear porque es inevitable. No puedo encender la caldera, no puedo tomar la manta de lana púrpura que dejó Driz olvidada en la mesa hace unas cuantas noches, aunque parece como si hubiera transcurrido una eternidad desde entonces, no puedo mover un músculo. Y no se trata del frÃo, se trata de miedo.
Ayer parece muy distante. Alejo mis pensamientos del recuerdo porque es demasiado doloroso, y si lloro probablemente me congele. Suena ilógico no moverme, no dar unos cuantos pasos y dejar de sufrir esta tortura fÃsica, pero me he vuelto de piedra. Intento detener incluso mis pensamientos para hacerme la idea de que los segundos no pasan porque no escucho su voz. No me habla. Y no confÃo en lo que pueda causar si lo hago yo. No puedo arriesgarme y condenarlo.
Tomo aire y reúno el valor suficiente para mirar el reloj digital en el viejo escritorio de su padre, 22:19 han pasado ya veinte minutos, intento creerme que nada malo le ha pasado aún. El radio se mantiene muerto, y me mantengo alerta y mi corazón latiendo solo con la esperanza de que ese viejo radio vuelva a la vida, y sea su voz. DesearÃa poder tener esa ciega fe respecto a mi familia... Pero ya es demasiado tarde.
-Serán solo veinte minutos- Eso fue lo que dijo antes de marcharse. No podÃa aceptar que se fuera, no podÃa perderlo, no a él, no ahora que era lo único que me quedaba, no ahora que sabÃa con toda seguridad que lo amaba. Pero él estaba decidido a ir. No iba a dejar morir a su mejor amigo, no lo verÃa morir frente a sus ojos sin hacer nada. Asà es él, y supongo que es una de las muchas cosas sobre el que me hizo amarlo. Pero justo ahora, desearÃa que se hubiera quedado. No puedo imaginarlo allá afuera con todas esas bestias a su al rededor, no sin que mi corazón se rompa un poco.
Observo al bulto que está a unos metros sobre un raÃdo sofá, me pregunto si no estará muerto ya, y Angus se arriesgó y murió para nada, me pregunto si Len volverá y lo encontrará frÃo y sin pulso y me culpará por ello, me pregunto si estoy encerrada con un cadáver... pero Len vendó su herida lo mejor que pudo... asà que me obligo a pensar que el no puede estar muerto tan pronto.
.-Gus es mi mejor amigo, Sam. ¿Entiendes eso? ¿No harÃas tu lo mismo por mÃ?-. Por supuesto, pero ¿como querÃa que reaccionara? estaba diciéndome que luego de que logramos llegar hasta aquÃ, debÃa volver a donde estaban esas cosas. Esas cosas que quizás incluso eran el esquelético cartero, el señor sonriente de la librerÃa de la plaza, el pequeño y ruidoso hijo del vecino, la regordeta costurera de mamá o incluso mamá...
Se me revuelve el estomago al recordar la piel podrida y el olor putrefacto. Y lo recuerdo, nuevamente veo a Driz, a la pequeña y suspicaz Drizzy, muerta en vida, intentando arrancarme la carne a mordidas, y a Len cerrando los ojos fuertemente y disparándole a su hermana menor en medio de las cejas... Y de nuevo me parece que eso sucedió hace mil años glaciares y no ayer, no hace unas horas.






