Encontré una ilusión que me arrulla,
surcaba un cuadrante del cielo.
Me hizo volver en mis pasos,
sacar los reprimidos anhelos.
Tu rostro absorbÃa lágrimas saladas
y mi desierto se cubrió de primavera.
Me quedé para poner bálsamo a tus heridas
y besar tu corazón palpitante entre una triste apologÃa,
solo di media vuelta porque no me habÃa ido
y te miré a los ojos con la sutil certeza
de que aún era nuestro el universo.
Quiero retozar en tu pecho como en tantas vidas lo hice,
rodeada de tu olor, robándolo de tu piel
y tomándolo en explosión sensorial de mi olfato.
Te he tenido.
Hemos.
Tan cerca y nunca tan lejos.
Refugio en mi preconsciente el mapa exacto de tu cuerpo,
las zonas más suaves,
la firmeza de tu hombrÃa
y la calidez de tu pecho.
Renové nuestro pasaje en tren a tierras holandesas
y te preparé una infusión de dulce esperanza con pétalos de gardenias,
elegà una pequeña casa a una manzana del malecón paradisÃaco,
para caminar descalzos hasta sentir la arena caliente en cada paso.
No te dejes arrastrar por la noche melancólica,
sé que despierta tus dudas y susurras maldiciones a la luna.
La luna ofendida te devuelve improperios,
alterando la marea produce angustia en mi cuello,
el mismo que ha estado tantas veces
entre tus palmas
soltando exhalaciones que jamás pudieron ser controladas.
Entre tus palmas mi cuello, mi corazón, mi anhelo.
Cada uno tocado con la exacta precisión de mi deseo impreciso,
unas veces fuerte y otras
sublime.
Siempre en la pureza de un sentimiento.