Fríos de Noviembre.
El cielo nocturno brilla, Zeus me saluda sin malicia, preguntando si no he estado en casa durante demasiado tiempo. Y considero, si acaso alguien puede considerar toda una vida como demasiado tiempo.
Hace frío fuera y calor dentro.
Y miro a la distancia todas las oportunidades frías que necesito tomar, mientras reposo en aquellas falsas comodidades que no puedo aceptar.
Estoy exhausta y a la vez orgullosa de luchar, nerviosa de que todo salga mal y en un raro intento por despreocuparme del futuro por muy cercano que sea. Me siento libre y a la vez con necesidad de quedarme. Estoy en esa delgada línea entre la independencia y la protección paternal. En ese extraño momento en que ambas me fastidian pero en que sé que debo escoger lo mejor. Y que lo mejor es trazarme una idea del camino, hacerme responsable de lo que necesito para estar bien. Porque ya nadie tiene la obligación de protegerme de los monstruos, de levantarme y alimentarme. Mas lo hacen, mas no debo acostumbrarme a ello.
Estoy en algún punto entre muy emocionada y muy aterrada. Todo ha salido bien, mas temo que una nueva rutina sea muy dura, tengo que calmarme, dejar la fobia social que me carcome los huesos y probar esas nuevas alas que se ven muy bien pero al tocarlas se nota que son bastante frágiles.
Hoy me quedo dentro y mañana he de salir, aunque abrigada, he de enfrentar al frío de la realidad con fuerzas renovadas y alas reforzadas.

