Me llegaron llegaron nuevos vecinos, era época de exámenes en la facultad asà que estuve demasiado ocupada durante mes y medio luego fue Navidad y durante esas fechas las personas desaparecieron.
A mediados de enero, con los nervios de punta por empezar de nuevo mis clases caminaba por mi vecindario de regreso a casa luego de comprar algo para mi madre en la tienda, al pasar justo por la casa de al lado, llegó a mis oÃdos una voz tan extraña que tuve que girarme enseguida. La voz era masculina, por lo que era grabe, pero era tan melodiosa, al mismo tiempo no tenÃa ningún matiz de un acento que yo conociese, lo cual fue más intrigante aún porque he escuchado muchas voces antes, era casi como si realmente las voces humanas estuvieran todas dañadas y descubriese que asà era como debÃan sonar. Pero, estuve tan impresionada que, por un segundo, se me sacudieron las ocupaciones y tuve que girarme a esa casa al menos un segundo. Lo que vi dentro fue para mà demasiado.
Todo estaba a oscuras, y la única luz aparente venÃa de adentro, esperé poder ver al dueño de esa voz y mi deseo no tardó mucho en cumplirse. Una figura alta y fornida se sentó en el elegante sillón de su sala, esperé a que mi vista se acoplara a la luz y lo que vi me dio un vuelco a la razón: TenÃa una cubierta de piel de tigre sin embargo más allá de ser real se veÃa como terciopelo, otra figura se acercó y noté una voz femenina que carecÃa de la anterior perfección, más que aguda era cálida pero un rumor de acento japonés rodeó lapronunciación. Hablaban de algo serio en tono calmado y sin una pizca de enojo o preocupación, sin embargo, no entendà absolutamente nada. Cuando la propietaria de la segunda voz se hizo visible se veÃa absolutamente igual, el mismo tono naranjoso, las mismas rayas oscuras del torso, el mismo terciopelo y la misma vecina boquiabierta junto al cercado. Cuando mi cerebro comenzó a trabajar solo me gritó una cosa: "pueden verte, tarada". Despertó a mis piernas y juntos echamos a correr.
Me convencà de que los nervios me jugaron una broma ese dÃa, de que en la privacidad de nuestros hogares todos tenemos derecho a ser tan subreales como queramos, de que tengo cosas mas importantes en que pensar, libros que leer, mentes que estudiar. OlvÃdalo ya, me dije.
Los dÃas pasaron y se convirtieron en meses, todo iba tan bien como podrÃa ir hasta que un dÃa metà la pata. Era de noche, dos pequeños hacÃan desastres en casa y mi madre, tan cansada de intentar encontrar paz, enfocó todos sus sentidos en la telenovela. Yo tenÃa mi propio problema, alguien habÃa dañado la jaula de los canarios. La pequeña familia también era todo un desastre y los pequeños polluelos se habÃan echado toda la caja de semillas encima, literalmente, lo que no consideraron fue una forma de salir de ella. Y allà estaba yo entre quejidos, tropiezos infantiles y unas aves nerviosas. Cuando creà terminar me encontré con que el padre canario habÃa logrado la forma de salirse sin que pudiera notarlo y a poco de tomar vuelo me abalancé sobre el, cabe decir que obviamente el ave ganó, voló por la ventana y se perdió en el cielo nocturno. Cabe decir también, que era el de mi hermano. Hubieron lágrimas, negación, ira y finalmente resignación, Hermano menor y hermana mayor de pie en el patio buscando a un canario en un cielo sin estrellas.
No encontramos al canario.
Encontramos un dragón.
Vale, era un dragón de felpa, pero muy arriba en el cielo a los ojos de un niño de 7 años solo podÃa ser una cosa.
-¡Un fantasma! -Gritó el niño.
-No es un fantasma -sentenció la hermana.
Lo sé, no hay necesidad de decirlo en tercera persona. El objeto cayó, y cayó unos segundos más y observamos, hasta que a nuestros pies llegó el dragón rojo en ese momento nos percatamos de gritos de juegos infantiles, quizás siempre estuvieron ahà pero los de casa fueron suficiente. "Lo lanzaré de vuelta" habÃa dicho mi hermano, pero lo detuve en seco. No era de los hijos de los vecinos de la derecha, el sonido y el juguete venÃan del otro lado, de los nuevos vecinos.
La adrenalina le ganó al miedo cuando hubieron dos tocs en mi puerta, prácticamente corrà con el dragón fugitivo en las manos.
Cuando llegué habÃa una puerta abierta, mi abuela con la mano en la perilla, y dos tigres humanos que le doblaban tamaño en el jardÃn. El más alto medÃa al menos 2.20 m y a su lado su esposa unos 1.80 m. Salà por la puerta y extendà mi brazo con el dragón fugitivo a la pata terciopelada.
-Cayó en nuestro patio.
La voz irreal, habló.
-Ya empezaban a armar escándalo por esto.
Dijo de forma totalmente neutra rascándose la nuca. No dijo gracias.
-Que tengan buenas noches -Dijo la abuela.
-No veo por qué habrÃa de ser asÃ.
No se despidieron.
Al dÃa siguiente algo pasó.
-¿Más platos para romper?
Esa voz, era la voz de acento japonés, me quedé frente a la pequeña mujer sin dar crédito. Su piel era más blanca que la mÃa, era delgada y una trenza castaño oscuro le caÃa por el hombro. SostenÃa una bolsa de papel con platos de cerámica de un estampado coqueto. Más allá de eso solo me preguntaba dos cosas relacionadas con tigre y platos.
Estaba pasando frente a su casa cuando la encontré.
-¿Qué?
-Platos, platos.
-Eh... Son muy bonitos.
Desde la acera miré al jardÃn deseando que mi abuela, regando sus flores viniera a salvarme del incomodo momento. Pero eso no sucedió.